El Diario del Contralmirante Byrd (2ª)

22.05.2013 22:09

 

Todos los instrumentos vuelven a funcionar.
 
Empieza a hacer calor.
 
El indicador nos dice que estamos a 74 grados Fahrenheit (aprox. 23º C)
 
Mantenemos nuestro curso.
 
Ya no podemos localizar a nuestra base, puesto que la radio ha dejado de funcionar.
 
El terreno bajo nosotros se vuelve cada vez más plano.
 
No sé si me expreso correctamente, pero todo da una impresión de completa normalidad,
¡¡¡y ante nosotros se levanta con absoluta claridad una ciudad!!!
 
Esto sí que es imposible.
 
Todos los instrumentos dejan de funcionar.
 
¡¡¡Todo el avión empieza ligeramente a tambalearse!!! ¡¡DIOS mío!!!
 
A babor y estribor aparecen a ambos lados extraños objetos voladores.
 
Son muy rápidos y se nos acercan.
 
Están tan cerca que puedo ver claramente su distintivo.
 
Es un interesante símbolo sobre el que no quiero hablar.
 
Es fantástico. No tengo ni idea de dónde estamos.
 
¿Qué nos ha pasado? No lo sé.
 
Manejo mis instrumentos - pero siguen sin funcionar en absoluto.
 
Entretanto hemos sido rodeados por los discos voladores en forma de plato.
 
Parece que estamos prisioneros. Los objetos voladores irradian un brillo propio.
 
Nuestra radio emite unos chasquidos. Una voz nos habla en lengua inglesa.
 
La voz tiene acento alemán:
 
"¡¡¡BIENVENIDO A NUESTRO TERRITORIO, ALMIRANTE!!!
 
En exactamente siete minutos les haremos aterrizar.
 
Por favor relájese, almirante, está Vd. en buenas manos."
 
De aquí en adelante nuestros motores dejan por completo de funcionar.
 
El control de todo el avión está en manos ajenas.
 
El avión gira en torno a sí mismo.
 
Ningún instrumento reacciona ya.
 
Recibimos precisamente otra comunicación por radio, que nos prepara para el aterrizaje.
 
A continuación empezamos sin demora con el aterrizaje.
 
A través de todo el avión pasa un suave temblor apenas perceptible.
 
El avión baja hasta el suelo - como en un inmenso e invisible ascensor.
 
Levitamos de manera totalmente suave hasta ahí.
 
El contacto con el suelo apenas se nota. Sólo hay un ligero y corto choque.
 
Hago mis últimas anotaciones de abordo a toda prisa.
 
Viene un pequeño grupo de hombres hacia nuestro avión.
 
Todos ellos son muy altos y tienen cabellos rubios.
 
Más atrás veo una ciudad iluminada.
 
Parece resplandecer en los colores del arcoiris.
 
Los hombres están aparentemente desarmados.
 
No sé lo que ahora nos espera. Caramente, una voz me llama por mi nombre y me ordena abrir.
 
Obedezco y abro la portilla de carga.
 
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Aquí terminan las anotaciones en el libro de abordo.
 
Todo lo que sigue lo escribo de memoria.
 
Es indescriptible, más fantástico que toda la fantasía, y si yo mismo no lo hubiera vivido, lo calificaría de completa locura. Nosotros dos, mi operador de radio y yo, somos conducidos fuera del avión y saludados con suma amabilidad. Entonces nos conducen a un disco deslizante, que aquí utilizan como medio de locomoción. No tiene ruedas. Con enorme rapidez nos acercamos a la brillante ciudad.
 
El esplendor de colores de la ciudad parece provenir del material parecido al cristal en que está construida. Pronto nos paremos ante un imponente edificio. Semejante arquitectura no la había visto hasta ahora en ninguna parte. No es comparable con nada.
 
La arquitectura es como si proviniera directamente de la mesa de dibujo de un Frank Lloyd Wright, o bien podría estar sacado de una película de Buck Roger.
 
Nos dan una bebida caliente. Esta bebida sabe diferente a todo lo que yo haya disfrutado. Ninguna bebida, ninguna comida tiene un sabor comparable. Sabe sencillamente distinto, pero sabe de maravilla.
 
Han pasado unos diez minutos, cuando dos de estos extraños hombres que tenemos por anfitriones se acercan a nosotros. Se dirigen a mi y me comunican sin lugar a dudas que debo acompañarles.
 
No veo otra alternativa que cumplir su orden. Por tanto nos separamos. Dejo a mi operador de radio y sigo a los dos.
 
Poco después llegamos a un ascensor, en el que entramos. Nos movemos hacia abajo. Cuando nos detenemos, la puerta se desliza silenciosamente hacia arriba.
 
Caminamos por un pasillo largo en forma de túnel e iluminado por una luz color rojo claro. La luz parece emanar de las paredes mismas. Llegamos ante una puerta grande. Ante esta gran puerta nos paramos y permanecemos así. Sobre la gran puerta se encuentra un letrero acerca de cual nada puedo decir.
 
Sin ningún ruido se desliza la puerta a un lado. Una voz me exhorta a entrar.
 
"No se preocupe, almirante", me tranquiliza la voz de uno de mis dos acompañantes, "¡el Maestro va a recibirle!"
 
De manera que entro.
 
Estoy deslumbrado. La multitud de colores, la luz que llena la habitación, mis ojos no saben a dónde mirar y tienen primero que acostumbrarse a las condiciones. Pasa un rato hasta que puedo reconocer algo de lo que me rodea. Lo que ahora veo es lo más bonito que he visto nunca.
 
Es más espléndido, más bonito y más suntuoso de lo que yo podría describir. Creo que ningún idioma puede resumir con palabras lo que puede ver. Creo que a la Humanidad le faltan palabras para ello. Mis observaciones y reflexiones fueron interrumpidas por una voz melodiosa y cordial:
 
"Le doy la bienvenida. Sea Vd. de la forma más cordial bienvenido en nuestro país, almirante".
 
Ante mi está un hombre de gran estatura y una fina cara marcada por la edad. Está sentado a una imponente mesa y me da a entender con un movimiento de la mano que debo sentarme a una de las sillas.
 
Le obedezco y me siento, después junta sus manos de forma que se tocan las puntas de los dedos. Me sonríe.
"Nosotros le hemos hecho venir, porque tiene Vd. un carácter consolidado y arriba en el mundo goza de una gran fama."
 
"¿Arriba en el mundo?", me falta el aliento. "Sí", contesta el Maestro a mis pensamientos, "Vd. Está ahora en el imperio de los Arianni, en el interior del mundo. No creo que nosotros tengamos que interrumpir su misión mucho tiempo. Vd. pronto será conducido a la superficie de la Tierra.
 
Pero antes le voy a comunicar por qué yo le hice venir, almirante. Nosotros seguimos los acontecimientos que se producen arriba sobre la Tierra. Nuestro interés fue despertado cuando Vds. lanzaron las primeras bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En aquella mala hora fuimos a vuestro mundo con nuestros platillos volantes. Teníamos que ver personalmente lo que hizo vuestra raza.
 
Entretanto ya hace mucho de eso, y vosotros diríais que es historia. Pero es para nosotros significativo - por favor déjeme continuar.
 
Nosotros no nos hemos inmiscuido en vuestras escaramuzas y guerras. Vuestras barbaridades las hemos consentido. Pero mientras tanto habéis empezado a experimentar con fuerzas que en realidad no estaban pensadas para los hombres. Esto es la fuerza atómica. Ya hemos intentado algunas cosas.
 
Hemos hecho llegar mensajes a los estadistas del mundo - pero ellos no creen en la necesidad de escucharnos.
Por este motivo fue Vd. elegido. Vd. debe ser nuestro testigo, testigo de que nosotros y este mundo en el interior de la Tierra existimos, que nosotros aquí realmente existimos.
 
Mire a su alrededor, y Vd. pronto comprobará que nuestra ciencia y nuestra cultura están varios miles de años por delante de las vuestras. Mire Vd., almirante."
 
"Pero", interrumpí al Maestro, "¿qué tiene esto que ver conmigo, señor?" El Maestro parecía sumergirse en mi, y después de que durante un largo rato me había examinado, me contestó:
 
"Vuestra raza ha alcanzado el point of no return. Tenéis a personas entre vosotros que estarían dispuestos antes a destruir la Tierra entera antes que perder su poder - el poder que ellos creen conocer." Yo de nuevo le dí a entender con un movimiento de cabeza que seguía sus explicaciones.
 
El Maestro continuó hablándome: "Ya desde hace dos años intentamos una y otra vez contactar con vosotros. Pero todos nuestros intentos son contestados con agresividad. Nuestros platillos voladores son perseguidos por vuestros aviones de combate, atacados y disparados. Ahora debo decirle, hijo mío, que una enorme y nefasta furia se levanta, que una poderosa tormenta barrerá su país, y durante mucho tiempo arrasará.