"Animita" de Dubois

13.04.2013 18:00

"Animita" de Dubois

 
 
 
 
 
El 7 de enero de 1905 es encontrado muerto en Santiago el contador Ernesto Lafontaine. Había sido ultimado a golpes de laque de goma y apuñalado; el móvil, el robo; el 4 de septiembre de ese mismo año moría el importador Reinaldo Zillmanns, en Valparaíso, asesinado con laque de goma y puñal; el 4 de octubre, siempre del año 1905, era hallado muerto en Valparaíso don Gustavo Titius, corredor de comercio.
 
 Armas con que fue atacado: laque de goma y puñal, con el que se le mutilaron las manos; móvil, el robo; al año siguiente, el 4 de abril de 1906, es asesinado en Valparaíso, de seis puñaladas en la puerta de su casa, el comerciante Isidoro Challe; y el 2 de junio, siempre en el puerto, se defiende de un asalto el dentista Charles Davies: un varón de setenta años, atlético y deportista que se opone a los golpes de laque y es tal la resistencia que hace huir al asaltante, pero éste es perseguido en forma sensacional.
 
El atacante era un hombre bajo, fuerte, de bigote cuidado y barbilla que terminaba en punta, vestía chaqué y un sombrero calañé negro.
 
Oriundo de Francia, nacido en Etaples, Paso de Calais, el 29 de abril de 1867, donde figuraba inscrito como Luis Amadeo Brihier Lacroix. De azarosa vida en Francia, después en América del Sur y Central. En Colombia sedujo a Ursula Morales, joven de quince años, que abandonó su hogar para seguirlo en sus viajes por Colombia, Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, donde tuvieron un hijo, inscrito en el Registro Civil de Iquique, en enero de 1903, con el nombre de Luis Dubois.
 
Este personaje ostentaba aparte de su nombre y apellido verdaderos, Luis Amadeo Brihier, los siguientes: Emilio Dubois Murraley, Emilio Morales Dubois, estos dos últimos arreglos del apellido de su conviviente Ursula Morales.
 
Al allanar su casa se encontraron tarjetas que lo acreditaban como Ingeniero de Minas, laques de goma, dagas, llaves ganzúas, linternas, herramientas de cerrajería y un permiso de mendicidad.
 
No se le certificó trabajo en Chile. Se dedicaba a obtener dinero de diversas personas para finalidades imaginarias.
 
Era un aventurero que se había desempeñado en los más variados oficios en el extranjero.
 
Pese a su azarosa vida y a todas las pruebas que se juntaron, alega ser inocente.
 
En esto viene el terremoto del 16 de agosto de 1906 y Dubois se encontraba entre los quinientos noventa y ocho reos de la cárcel de Valparaíso.
 
Este personaje tenía preocupado no sólo a los habitantes del puerto sino a todo el país.
 
La pregunta era ¿y Dubois?
 
Muchos creían que había perecido aplastado en su celda y otros pensaban que había huido aprovechando el espanto y la confusión.
 
Poco después de producirse el terremoto se le encontró debajo de unas latas, completamente transformado y cubierto con un poncho. Además, se había afeitado la barba. Los grillos y las esposas habían sido limados por miembros de la población penal.
 
Interrogado, contestó que sus compañeros de prisión le habían proporcionado un poncho y un sombrero y que le habían hecho las limaduras para que se fugara, pero no tuvo intención de huir. Los reos habían ideado una evasión y pensaban que él podía capitanearlos.
 
En lo mejor del proceso la policía de Santiago encuentra a los asesinos de don Ernesto Lafontaine, el primero de los asesinados. Tres delincuentes son apresados. Ladrones urbanos fueron obligados a confesar con los métodos de tortura de la época y condenados a muerte. Trasladados a Valparaíso, el juez no les reconoció culpabilidad y los indulta.
 
La prensa habló del caso, contra los sistemas policiales; y en el público se produjo una reacción a favor de los condenados injustamente ofreciéndoles un beneficio en un teatro de Valparaíso.
 
Los diarios siguen hablando de "un señor del crimen", "asesino silencioso", "artista del crimen", "el hombre del laque de goma", "el genio del crimen", "el hombre monstruo".
 
La defensa, su abogado Sanz Frías, como recurso pretendió presentarlo como un enajenado mental, irresponsable, que no merecía sanción, sino que la ciencia médica tenía que hacerse cargo de él. Dubois, al saber esto, se indignó y descalificó a su defensor que aducía que se trataba de un enfermo de manía criminal y le quitó de inmediato el poder, después de tildarlo de ignorante.
 
Él asumió su defensa, trató de comprobar que era inocente, que la causa era mal llevada.
 
Se defendió sin ayuda, lo que cumplió durante tres días en el tribunal de alzada; actuó con extraordinaria facilidad de palabra, originando estupor y desasosiego entre los ministros del tribunal.
 
La noche del último alegato, en una de las plazas de la ciudad se organizó un comicio público en favor de Dubois.
 
Consultado si creía que ese movimiento lo favorecía —"yo no podría decirlo"— dijo y añadió: "Vox populi, vox Dei".
 
No obstante, el Juez del Crimen de Valparaíso, don Santiago Santa Cruz Artigas, lo condenó a muerte por cuatro crímenes y un asalto.
 
En la madrugada del fusilamiento, muy temprano se le sirvió un café, luego atendió a Ursula Morales, que en compañía de su hijo venía a dar el último adiós al hombre al que había unido por amor su suerte desde hacía catorce años y que el día anterior había recibido por esposo ante los hombres. El mismo que en pocas horas más habría de perecer en el cadalso.
 
Confundidos en un solo abrazo permanecieron un largo rato.
 
Poco después de las siete de la mañana penetraron a la celda dos religiosos de la Compañía de Jesús.
 
Dubois dijo a uno de ellos que no necesitaba auxilio de ninguna clase. Como insistiera, tratando de convencerlo con frases cariñosas y persuasivas, el reo le respondió: "Yo creo en Dios, señor, ya lo he dicho, no soy hereje, pero no creo en sus representantes. Es inútil lo que ustedes me piden; yo me confesaré con Dios".
 
No vencido aún, el religioso le dijo: "Dios tiene misericordia infinita. Sus fallos son superiores a los de los jueces de la Tierra".
 
—"Sí, al juez necesita confesar, no a mí. Al juez que ha ordenado mi asesinato, a él vaya a inspirarle arrepentimiento, no a mí".
 
La mañana era fría y nebulosa. La hora avanzaba y la concurrencia estaba tensa.
 
De repente hace la entrada al patio el reo completamente tranquilo, acompañados sus pasos por el lúgubre sonido de los grillos. Un Dubois enérgico, indomable, con su largo pelo y barba rubia, cuidadosamente peinada y un cigarrillo puro recién encendido, que chupaba tranquilamente. Tuvo una frase de protesta que pocos oyeron: "Parece que aún estamos en los tiempos de Nerón, tanta gente para ver morir a una víctima".
 
Avanzó hasta llegar al banquillo y ocupó el fatídico asiento con tranquilidad.
 
Parecía contento de exhibir en el patíbulo su varonil figura y supremo valor.
 
No se le movía un músculo y el cigarrillo permanecía en sus dedos sin la más pequeña oscilación.
 
En medio de la inquietud del público se acerca el receptor al reo y comienza la lectura de la sentencia. Después de leer algunos párrafos éste lo interrumpe y le pide: "Abrevie... pase a la conclusión". Así lo hizo el receptor, que leyó sólo la denegación del curso de nulidad del indulto y el cúmplase de la sentencia.
 
Al instante se procedió a circundarlo con una cuerda en el banquillo, a lo que el reo protestó, pero como se le dijera que era indispensable, accedió de buen grado.
 
El público estaba sorprendido que mirara a la muerte cara a cara.
 
De repente se oye su voz: "Público, tengo que hablaros algo. Deciros que muero inocente y que el primer culpable de mi muerte es el juez señor Santa Cruz, que tergiversó mis declaraciones, cambiando los hechos y suponiendo cosas que nunca he hecho.
 
"Se hizo lo que no se había hecho en Chile, habilitar el feriado para matar a un hombre, como procedió la corte de Valparaíso.
 
"Se me ha condenado por crímenes que no he cometido, sin prueba alguna, esto lo dice este hombre desde el fondo de su corazón, y lo afirmó el Ministro señor Braulio Moreno, que confirmó todo lo que he dicho con su voto en la sentencia.
 
"Presenté mi solicitud de indulto ante el Excelentísimo Presidente señor Pedro Montt y también me fue denegado.
 
"Se necesitaba de un hombre que respondiese a los crímenes que se cometieron y ese hombre he sido yo. Muero, pues, inocente, no por haber cometido yo esos crímenes sino porque esos crímenes se cometieron".
 
Y terminó como quien da una orden:
 
—"Ejecutad".
 
Un murmullo sordo, mezcla de admiración ante ese valor indomable, de incredulidad, de compasión y hasta de protesta, acaso, se levantó en la concurrencia.
 
Dubois, entretanto, fumaba tranquilamente y paseaba su mirada por los espectadores.
 
Era indudablemente el único, entre todos los allí presentes, que parecía disfrutar de entera serenidad.
 
Al momento de vendarle la vista rehusó seriamente la operación y manifestó, siempre con su espantosa calma y dominio de sí mismo, con tranquilo tono — "Sólo les pido que apunten bien al corazón.
 
Luego el momento terrible, el paso del piquete de soldados que debía proceder.
 
La espada del oficial, levantada en alto descendió en un rápido movimiento. Partieron los tiros al unísono y el reo se desplomó sobre su asiento.
 
Los comentarios que procedieron se referían al valor frente a la muerte, otros se inclinaban a la conmiseración: no dudaban de una injusticia.
 
El cadáver fue llevado en camilla a uno de los departamentos de la cárcel y se procedió a colocarlo en un cajón que el alcaide había hecho construir para el efecto.
 
Un carretón de la tercera compañía condujo los restos al cementerio de Playa Ancha, más atrás en un coche iba Ursula Morales acompañada de su hijo.
 
Animita
 
 
En el cementerio se pagó la suma de seis pesos por los derechos correspondientes al período de un año. Se sepultó con el nombre de Luis Emilio Brihier Lacroix, el 26 de marzo de 1907 en el Cementerio Nº 3 de Playa Ancha, correspondiéndole la sepultura Nº 1 de la Corrida 1 del Cuartel Nº 7.
 
Un funcionario del cementerio escribió sobre la lápida del nicho gruesos caracteres al rojo: "Alias, Dubois".
 
Las primeras flores las colocó Ursula Morales.
 
El pueblo lo hizo "Animita", entró en su comprensión, siempre estuvo con él, gravitaba el desprecio que hizo de su abogado, la toma de su defensa, su matrimonio a horas de morir, la valentía que demostró camino hacia el banquillo, su hombría frente al receptor, el dirigir la palabra a los asistentes para decir por última vez que era inocente, el solicitar que no le vendaran la vista, que le dispararan al corazón y con voz entera dar la orden de la ejecución.
 
El pueblo no olvidaba que en estos crímenes, entre los primeros asesinados, se apresó a tres individuos de malos antecedentes como presuntos culpables. Después de varios meses de prisión y largos sufrimientos, se les encontró libres de toda culpa.
 
El pueblo sabe que no siempre la ley es sinónimo de justicia y que muy a menudo hace creer que lo verdadero resulta ser falso.
 
La "animita" pasó a favorecer a personas procesadas por delitos no cometidos, a víctimas de una injusticia.
 
Pasados los años se eliminaron las sepultaciones en ese cuartel y por razones de un nuevo trazado este sector se convirtió en Avenida y la osamenta pasó a la fosa común, junto a otros, en un espacio cuyo diámetro no sobrepasaba los 20 metros, a la orilla de un muro del deslinde cercano a un acantilado.
 
Aquí’ se levantó el recordatorio a Dubois y se habla de los "milagros" del "finaíto", de "don Emilio", de "Emilito" y su falso apellido lo escriben "Dubois", "Duvoim".
 
Tiene siempre flores y velas, no faltan imágenes de vírgenes y expresiones de gratitud en placas que provienen de todo el territorio nacional, de países vecinos y distantes como los Estados Unidos de Norte América (Nueva York).
 
Las visitas rezan con mucha unción, en silencio, conversan como consigo mismos, otras lloran, dejan sus "mandas" y se retiran.
 
Un cuidador coloca las velas y planchas, a la vez pone a disposición de quien lo desee plegarias, salmos y cánticos.
 
Un fervoroso devoto trabaja por la formación de un grupo que erogue dinero para levantar una capilla que pueda acoger con comodidad a quienes llegan a cumplir mandas.
 
Se le honra con misas. Luis Humberto Ramírez hace que se le oficie una misa en su memoria en la iglesia San Juan Bosco de Valparaíso. Se avisó la ceremonia por radios y diarios.
 
El año 1986 la administración del camposanto determinó hacer un traslado de la "animita", el tercero, dándole una nueva ubicación, lo que no dejó de provocar un revuelo. Aunque aquí’, como en el anterior lugar no reposan los restos del ejecutado, siguen venerando su "ánima" y agradecen sus milagros.
 
El pueblo no lo olvida y desde el año 1907 lo tiene en su memoria, se le recuerda en el cancionero popular y en miles de artículos, estudios, tesis y folletos.